sábado, 18 de marzo de 2017

4 LAS REGLAS DE LA NOMENCLATURA SISTEMATICA INORGÁNICA

La fuente única de esta sección es el libro rojo de la IUPAC de 2005 (Connelly et al., 2005), lo cual implica que si sacan una nueva versión deberé revisar esta parte. Sin embargo si he de decir que la autoridad última, absoluta e indiscutible en cuanto a la nomenclatura inorgánica sistemática es precisamente el libro rojo de la IUPAC, así que si tienen dudas al revisar varias páginas, es conveniente que lo resuelvan consultando ese texto que se puede acceder de forma gratuita en internet ya sea en español o en inglés, lo único que hago yo es adaptarlo con un poco más de belleza.


4.1 Niveles de complejidad

La IUPAC reconoce que el nombre de una determinada sustancia dependerá de los objetivos y avance tecnológico de un campo de investigación. De acuerdo a lo anterior, tenemos varios niveles de complejidad, a los cuales asociamos diferentes tipos de nombres, sean estos IUPAC, simi-sistemáticos o triviales.

4.1.1 Nivel cero, uso

Aquellos que requieren el uso de sustancias químicas para uso cotidiano, pero no necesitan conocer la estructura o propiedades más allá del uso  que se da en un oficio particular, Estos nombres son localizados, y se denominan como triviales. Muchos de ellos se heredaron de la era previa a la revolución química de Lavoisier y colaboradores. Un ejemplo muy común en Colombia es el ácido muriático (HClO4).

4.1.2 Nivel 1, iniciación

Más allá del nombre trivial, tenemos algunos que han sido iniciados en los caminos de la química, para ellos tenemos los nombres semi-sistemáticos, los cuales dan alguna información de la sustancia, aunque dicha información sea limitada y no permita obtener la predicción de la composición. La mayoría de los nombres comunes de los oxoácidos y sus respectivas sales caen bajo esta categoría. Esto se debe a que la etiqueta básica puede esconder muchas otras sustancias semejantes a las que denominamos en conjunto cono isómeros. Estos nombres son conocidos como semi-sistemáticos, dado que pueden ser empleados en investigaciones básicas o que no necesitan una descripción más detallada. Cabe destacar que este es el nivel al que se aspira si solo se estudia la nomenclatura tradicional.

4.1.3 Nivel 2, formulación

Cuando el nombre permite recrear una formula molecular estequimetricamente válida se la denomina como verdaderamente sistemática. Solo un nombre en este nivel de complejidad se considera válido para la IUPAC.


4.1.4 Nivel 3, tridimensionalidad

El tercer nivel de complejidad hace referencia a la configuración tridimensional de las sustancias en el espacio, como ocurre con los estereoisómeros en orgánica. El interés en generar descriptores de este tipo ha ido creciendo rápidamente al interior de las comunidades de químicos inorgánicos, aunque la mayor diversidad de sustancias con las que hay que tratar hacen de esto una tarea particularmente complicada.

4.2 Semántica de la nomenclatura IUPAC

Para evitar el colapso del sistema, como le ocurrió a la tradicional, la nomenclatura sistemática debe revisarse constantemente a medida que la investigación de frontera sigue produciendo nuevas sustancias, que plantean nuevos retos a los sistemas de nombramiento. La IUPAC a través de la División de Nomenclatura Química y Representación Estructural formada en el año de 2001 estudia todos los aspectos de la nomenclatura inorgánica recomendando las prácticas más racionales para enfrentar los retos específicos de cada campo, como escribir una fórmula o dar un nombre semántico. Nuevas reglas deben surgir constantemente para impedir la generación de descriptores ad hoc que no se ajusten al sistema general, o que solo sean conocidos por unos cuantos.

4.2.1 Construcción de los nombres

El bautizo sistemático de una sustancia inorgánica involucra la construcción de un nombre a partir de entidades que son manipuladas de acuerdo a procedimientos que proveen información de la composición y la estructura de sus respectivas moléculas. La base de la nomenclatura son los nombres de los elementos, y a este respecto es importante destacar que la nomenclatura IUPAC si emplea raíces latinas para algunos de ellos, especialmente cuando estos están involucrados en aniones. Los nombres de los elementos son combinados con prefijos y sufijos para construir un nombre. La nomenclatura sistemática emplea principalmente prefijos numéricos que se dividen en dos ramas principales, los prefijos numerales y los prefijos numeralis. Y a su vez los prefijos numerales se dividen en dos, los orgánicos y los inorgánicos. Estos últimos dos se diferencian únicamente en los descriptores para las primeras cuatro magnitudes de repetición atómica, y de allí en adelante son iguales. Por otro lado los sufijos tienden a ser rezagos y reciclados de algunos sufijos de la nomenclatura tradicional.

Existen múltiples formas aceptadas para la construcción de los nombres: composición, sustitución, adición. Por lo que una misma sustancia puede tener más de un nombre IUPAC aceptable con diferentes grados de complejidad. Esto es especialmente verdadero en los ácidos, en los cuales tenemos nombres que indican la cantidad de átomos y otros que indican el modo en que estos se enlazan. Independiente de eso, los nombres IUPAC poseen los siguientes componentes:

4.2.1.1 Nombre o raíz

Es el nombre de los elementos involucrados, y en ocasiones se debe emplear las raíces latinas, especialmente cuando el elemento en cuestión se encuentra en un anión, y eso incluye si estamos tratando de aniones metálicos, lo cual es raro, pero es posible.

4.2.1.2 Prefijos multiplicatorios

Indican la cantidad de veces que se repite un átomo “prefijo numeral” o la cantidad de veces que se repite un grupo “prefijo numeralis”.

4.2.1.3 Indicadores de carga

Que pueden ser sufijos numéricos a la Stcok o sufijos semánticos a la tradicional.

4.2.1.4 Indicadores de familia de sustancia

Esto se conserva desde la tradicional excepto para los ácidos. Estos pueden ser palabras en nombres binomiales como en los óxidos o pueden ser sufijos indicando que se trata de un anión como en os ácidos o sales.

4.2.1.5 Otros prefijos y sufijos

Estos indican características especiales de átomos o grupos, por ejemplo que uno de los átomos posea un estado de oxidación diferente del resto.

4.2.1.6 Localizadores

Funcionan igual que en química orgánica e indican donde se encuentra algo raro en un compuesto largo.

4.2.1.7 Descriptores geométricos

Que indican si estamos hablando de cadenas lineales, ramificadas o con configuraciones geométricas más complicadas.

4.2.1.8 Puntuaciones

Que indican estados de la sustancia poco comunes o especiales como en el caso de los radicales.

4.3 Gramática

Como se inició en este relato, la nomenclatura química debe considerarse como un idioma independiente con sus propias reglas de sintaxis. Los nombres de los elementos son la base, y estos se ensamblan con otros símbolos para crear descriptores de sustancias. La sintaxis son reglas gramaticales para la construcción de expresiones con significado, en este caso, el significado hace referencia a sustancias, sean reales o teóricas. Después del nombre de elemento o raíz latinizada hay otro elemento importante en la nomenclatura y son los prefijos, sufijos o infijos. Estos son palabras o sílabas colocadas al inicio “prefijo”, en medio “infijo” o al final “sufijo” de una expresión para dar significado químico. Estas sílabas da información sobre la cantidad de átomos, la cantidad de grupos, o la carga. Sin embargo estos componentes solo funcionan para sustancias binarias simples como los óxidos, y a ocasiones en los que la cosa se complica. A continuaciones realizaremos un resumen de los componentes gramaticales de los nombres de sustancia en la nomenclatura IUPAC. Cabe destacar que el libro rojo contiene mucha información que escapa del objetivo del presente escrito, así que solo realizaré una adaptación conveniente de los símbolos que veremos en las siguientes secciones. Si desea ampliar la información lo mejor es revisar el libro rojo.


4.3.1 Nombre de elemento

Fundamento de construcción, y serán descritos en el siguiente capítulo.

4.3.2 Prefijos numerales

Indican la cantidad que se repite un determinado átomo. También se pueden emplear en grupos, pero estos generalmente son grupos que provienen de los hidruros progenitores. Como se mencionó anteriormente, estos prefijos se dividen en dos, los empleados en orgánica y en inorgánica, aunque no son todos.

4.3.3 Prefijos numeralis

Son empleados especialmente cuando se repiten grupos aniónicos en las sales ternarias. El prefijo numeralis debe ser seguido por un corchete que encierra al grupo que se repite.


4.3.4 Símbolos de agrupación

Los símbolos de agrupación son tres, paréntesis (), llaves {} y corchetes []. Para casos de agrupaciones simples, que es virtualmente todo lo que se ve en términos básicos, lo que se emplea es el paréntesis. En caso de una anidación simple el corchete encierra al paréntesis [()]. Para grupos más complejos se emplea la siguiente regla: [( )], {[( )]}, ({[( )]}), etc. En caso de que necesitemos encerrar fórmulas, el orden es el siguiente [ ], [( )], [{( )}], [({( )})], [{({( )})}], etc. Los corchetes pueden emplearse de forma inmediata en fórmulas moleculares para compuestos de coordinación. Los paréntesis también se pueden emplear como sufijos que indican cargas como en el caso de los iones: hierro(2+). Existen otros usos que serán expresados en los capítulos específicos para cada tipo de sustancia.

4.3.5 Prefijos geométricos

Determinan la configuración geométrica de una molécula larga. Los más comunes son ciclo-, catena, cis-, trans- ya que estos también son de uso común en orgánica, pero adicionalmente pueden presentarse otras configuraciones geométricas como: triangulo, quadro, tetrahedro, octahedro, closo, nido y aracno.


4.3.6 Superíndices

Los superíndices se emplean para determinar la carga y/o la radicalización de una sustancia. Los exponentes de carga emplean los símbolos positivos y negativos precedidos por la cantidad de cargas. La primera carga de ambos polos solo se presenta como exponente + o -. De allí en adelante antecede un numeral arábigo, así para dos cargas positivas el exponente es 2+, para tres es 3+. Es importante no invertir el órden +2 o +3 ya que allí ya no serían cargas reales, sino meros estados de oxidación, valla que los conceptos de parecen, pero no son lo mismo.


4.3.7 Designadores de carga en los nombres.

También con los símbolos postivo o negativo en el mismo orden anterior, pero haciendo parte de un sufijo encerrado entre paréntesis, indica la carga del ion en un nombre: hierro(3+).

4.3.8 Guiones largos

Se emplean para designar enlaces metal a metal o para separar los componentes de una sustancia hidratada.


4.3.9 Fracción estequimétrica

Permite indicar la cantidad de moléculas en un compuesto hidratado por ejemplo BF3·2H2O se denominará trifluoruro de boro – agua (1/2). También se emplea para coordinaciones homólogas al agua: BiCl3·3PCl5 trocloruro de birsmuto–pentacloruro de fósforo (1/3).


4.3.10 Puntos grandes

Los puntos grandes se emplean en el superíndice o como parte del sufijo numérico encerrado en un paréntesis para indicar la cantidad de electrones desapareados en un grupo radical. Su uso será resaltado en la sección de iones. Sin embargo si en el exponente no está acompañado por un indicador de carga su significado cambia al de ser la parte positiva en la notación de estado sólido de  Kroger–Vink.

4.3.11 Puntos medios

Los puntos medios se emplean para denotar la unión de dos especies químicas diferentes como ocurre en las sustancias hidratadas como BF3·2H2O.

4.3.12 Las comas

Al igual que en la química orgánica, las comas se emplean para separar los numerales localizadores que se emplean a su vez para señalar donde hay algo poco común en una molécula compleja.

4.3.13 Espacios

Se emplean en los nombres para separar la parte genérica de la parte específica, excepto en varias nomenclaturas de los ácidos, donde se genera un nombre monomial. Las fórmulas nunca contienen espacios.

4.3.14 Conjunciones vocales

Cuando se ensamblan los nombres con prefijos multiplicadores y quedan diptongos, incluso aquellos con la misma vocal, se los deja tal cual y no se fusiona la palabra. Por ejemplo, se consideraría un error tetragua, y por consiguiente debe emplearse prefijo y nombre completo tetraagua. Sin embargo esta regla no parece ser muy estricta ya que el nombre aceptado para el primer óxido del carbono es monóxido de carbono y no monoóxido de carbono.

4.3.15 Numerales arábigos de subíndice

Indican la atomicidad, en las fórmulas, en otras palabras, la cantidad de átomos de un determinado elemento. Los 1 no se escriben.

4.3.16 Numerales arábigos como superíndice

Indican las cargas y/o electrones radicales presentes. Los 1 no se escriben.


4.3.17 Numerales arábigos indicadores de molecularidad

Las sustancias hidratadas y homólogas vienen con valores que indican que tanta molécula de una especie química se encuentra en el complejo, esos valores son arábigos grandes a la izquierda de la molécula.

4.3.18 Indicadores isotópicos

Siendo subíndices o superíndices a la izquierda del símbolo del elemento dan información sobre la naturaleza física, como el número de masa y el numero atómico. A no ser que estemos trabajando con isótopos raros estos casi nunca se expresan, ya que se asume que se trabaja con el isótopo más común en el planeta Tierra.

4.3.19 Numerales arábigos como sufijo

Al interior del paréntesis y antes del signo de carga indican la cantidad de cargas existentes, en este casi si se escriben los 1 por ejemplo en sodio(1+). Si al interior del paréntesis no hay signo positivo o negativo y además se trata de una molécula del boro el significado cambia a indicar la cantidad de átomos de hidrógeno presentes en la molécula.

4.3.20 Indicadores de posición.

Hay dos tipos, los normales que se emplean igual que en química orgánica, y en la notación λ de los hidruros progenitores como un superíndice a la derecha, que indica la cantidad de enlaces raros de un determinado elemento central.

4.4 Tipos de nomenclatura IUPAC

Durante el desarrollo de la nomenclatura sistemática han surgido a su vez varios subsistemas para la construcción de los nombres. Cada sistema posee su propia lógica inherente. Algunos sistemas son remarcablemente más fáciles que otros y en consecuencia más aceptables. Hay que estar pendientes de no combinar los sistemas. La nomenclatura sistemática en consecuencia puede dividirse en tres sistemas de nomenclatura: composicional, substitutiva y aditiva.

4.4.1 Nomenclatura de composición

Se basa en los componentes y omite la información estructural de las sustancias. Y nuevamente podemos tener alternativas, pero la más común es la generación de nombres estequiométricos. Esta es por mucho la nomenclatura sistemática más aceptada, y la que intentaremos trabajar siempre que sea posible.

La forma más compleja de nomenclatura estequiométrica es la denominada nomenclatura del hidrógeno empleada para nombrar los ácidos oxoácidos y sus correspondientes aniones. Existen otros tipos de nomenclatura de adición, pero que más allá de la mera información estequiométrica también proporciona información sobre la configuración tridimensional de la molécula, el problema es que para usarla hay que ser muy bueno prediciendo la fórmula estructural de la sustancia, o tener acceso al índice de la fórmula estructural.


4.4.2 Nomenclatura de sustitución

Se la puede considerar como la hermana de la nomenclatura orgánica y se emplea para las sustancias homólogas al primer hidrocarburo, el metano o CH4. Dado que se trata de sustancias homólogas al metano estamos tratando con los hidruros más simples de los no metales, los cuales reciben el nombre genérico de hidruros progenitores. Aunque es una nomenclatura semejante, posee algunas diferencias notables, por lo que se la diferencia de la nomenclatura orgánica y de la nomenclatura de los hidruros del boro. Dado que se trata de una nomenclatura empleada ad hoc para los hidruros no metálicos, la veremos precisamente cuando estudiemos a estas sustancias.


4.4.3 Nomenclatura de adición

La nomenclatura aditiva trata a una especie química como una combinación de un átomo central asociado a unos ligandos, o en niveles de complejidad mayor, una molécula central rodeada de ligandos. En consecuencia es una nomenclatura diseñada específicamente para los compuestos de coordinación, los cuales no veremos en esta sección, así que si es lo que busca es conveniente ir al libro rojo.

4.5 Procedimientos generales

Para elegir cual nomenclatura usar simplemente hay que preguntarse qué es lo que se necesita. Para un nivel introductorio a la química en la cual no nos preocupamos por los hidruros no metálicos raros, simplemente es necesario estudiar la nomenclatura  de composición estequiométrica, si se desea estudiar los hidruros hay que darle a la de sustitución, y si se desea estudiar los compuestos de coordinación la mejor opción es la de adición.


3 LAS REGLAS DE LA NOMENCLATUIRA TRADICIONAL Y STOCK

Los textos de química, especialmente los más antiguos hacen referencia a tres tipos de nomenclatura. O lo que es lo mismo, existen tres lenguajes químicos, el problema es que por lo general, los artículos especializados mezclan estos diferentes lenguajes de modo indiferenciado, asumiendo que el lector puede pasar de uno a otro con extremada facilidad. Lo anterior se debe a que uno tipo de nomenclatura puede facilitar dar nombre a un tipo de sustancias, pero dificultando nombrar a otras sustancias, y si estas segundas sustancias se nombran más fácil por otro de los métodos el escritor empleará los dos tipos de nomenclatura. En otras palabras, no existe regla alguna que impida escribir los nombres en diferentes tipos de nomenclatura en un texto de investigación especializada, y para colocarle la cereza al pastel, incluso se pueden aceptar nombres triviales. Por tal razón, la enseñanza debe dar a los estudiantes las herramientas para entender dicho lenguaje. Los tres tipos de lenguaje químico son denominados: nomenclatura tradicional, nomenclatura sistemática y nomenclatura stock. Los tres se relacionan con la nomenclatura biológica o binomial.

La historia de cada una de las tres fue enunciada en la sección anterior, donde pudimos ver como históricamente la más vieja fue la tradicional, posteriormente se propuso la Stock y finalmente se supondría que en la actualidad vivimos en la hegemonía de la nomenclatura sistemática recomendada por la IUPAC. Lo anterior solo es cierto para la nomenclatura orgánica, pero la nomenclatura inorgánica aún permanece en un absoluto caos, donde se mezclan los nombres triviales con los tres tipos de nomenclatura química. Dado lo anterior describiremos las reglas generales de cada tipo de nomenclatura, iniciando los la tradicional, luego por la Stock y terminando en la más reciente, la IUPAC.

3.1 Nomenclatura tradicional

Esta es la nomenclatura que fue desarrollada en base a las reglas de Lavoisier y colaboradores, así como una expansión no sistemática durante el siglo XIX, por lo que en principio parece bastante sencilla, pero luego cuando vamos a ver las sustancias como tal, se desdibuja complicándose tremendamente. También se la puede denominar como la nomenclatura de prefijos y sufijos literales, ya que las diferentes sustancias que pueden generarse con los mismos elementos se describen a través de sílabas antes o después del nombre del elemento respectivamente. Ejemplos de prefijos son hipo- y per-, y ejemplos de sufijos son –ico y –oso (Matamála, & Gonzalez, 1976).

Este tipo de nomenclatura es útil para muchas sustancias, y es muy empleada en los textos de biología, pero presenta problemas con elementos con muchos estados de oxidación como el osmio. Sin embargo el principal problema de esta nomenclatura es que es relativa, y al depender de la cantidad relativa de números de oxidación se abre el camino a que una sustancia nombrada de un modo en un momento en el tiempo deba cambiar de nombre en el futuro en la medida que se van descubriendo más estados de oxidación. El caso típico es el de los ácidos y sales del bromo, pues originalmente la tabla periódica solo describía dos estados de oxidación del bromo, pero luego se descubrieron más estados, y como mínimo en la actualidad el bromo se lo describe o con tres o con cuatro estados de oxidación.

En cualquier caso, describiremos a continuación los componentes y reglas básicas de la nomenclatura tradicional, las cuales solo están presentes de manera relativamente completa en libros de química general ya bastante viejos como: (Matamála & Gonzalez, 1976).

3.1.1 Carácter binomial

La nomenclatura tradicional es binomial, por lo que cada descriptor textual de sustancia se compone de dos palabras. La primera palabra es genérica y describe el tipo de sustancia con la cual se está trabajando. Clásicamente en la escuela se nos describen los óxidos, los hidróxidos, las sales y los ácidos, sin embargo en este tipo de nomenclatura también debemos tener en cuenta a los hidruros metálicos y a los hidruros covalentes. El segundo nombre es el nombre específico, y salvo algunas excepciones en las que se mantuvo el nombre trivial, le otorga una identidad a la sustancia. De este modo cuando hablamos de óxido de sodio, hablamos de una sustancia que pertenece a la familia de los óxidos y específicamente a un óxido que se forma con el sodio (Matamála & Gonzalez, 1976).

3.1.2 Cambios de nombre

Algunos elementos cambian de nombre, o lo que es más justo, con algunos elementos empleamos nombres originales. Los elementos en los cuales se emplea el nombre arcaico se describen en la siguiente tabla.

3.1.3 Nombres de familias

Como se mencionó anteriormente, la tradición nos compele a hablar de cuatro tipos de sustancia, óxidos, hidróxidos, ácidos y sales, aunque existen otras, que básicamente representan toda la línea del hidrógeno.

3.1.3.1 Óxidos

Es un óxido toda combinación binaria con el oxígeno en la que este se encuentre en estado de oxidación -2 y a demás sea el miembro más electronegativo de la pareja, lo cual en la práctica es todos los elementos menos con sigo mismo y con el flúor.

3.1.3.2 Hidróxidos

Son hidróxidos todas las sustancias que poseen grupos hidroxilo molecularmente y que al disociarse iónicamente pierden el grupo hidroxilo de forma completa.

3.1.3.3 Ácidos ternarios

Estos compuestos estructuralmente hablando se asemejan a los hidróxidos, pero tienen dos diferencias. La primera y que casi no se nota es que poseen una sustitución parcial de grupos hidroxilo donde antes había oxígenos, aunque hay excepciones. La segunda y que los distingue como ácidos, es que el grupo hidroxilo no se disocia completamente, sino que por el contrario solo el hidrógeno se libera y el oxígeno restante se coordina al elemento central en un enlace resonante.

3.1.3.4 Sales ternarias

Las sales ternarias se forman entre un grupo oxigenado que funciona como anión y un metal que funciona como un catión. 

3.1.3.5 Hidruros metálicos

Con el equivalente de los óxidos, pero en lugar de un oxígeno el grupo oxidante es el hidrógeno con carga de -1, sin embargo las propiedades se van alterando a medida que el enlace se hace más covalentes.

3.1.3.6 Hidruros no metálicos

Generalmente se conocen como ácidos hídricos, pero eso solo funciona para unas pocas sustancias generadas con los elementos del grupo 16 y 17, además también se forman hidruros no metálicos con elementos desde el grupo 13 hasta el 17 y existe una amplia gama de isómeros. En la actualidad de distingue entre los hidruros progenitores que son la versión más simple de cada hidruro no metálico y los posibles isómeros que se pueden generar, ya sea alterando el estado de oxidación del no metal o aumentando la masa por polimerización. La nomenclatura tradicional que se enseña en la escuela generalmente solo lidia con los ácidos hidrácidos, y solo habla someramente de los hidruros del carbono.

3.1.3.7 Sales binarias

Se forman entre un metal y un no metal.

3.1.3.8 Sales amónicas

Muchos hidruros no metálicos no se comportan como ácidos, un ejemplo de eso es el amoniaco que en agua se comporta como una base, y en consecuencia puede formar una sal, pero en estos casos el amonio es el catión y puede unirse con aniones, ya sean estos elementos individuales no metálicos o grupos aniónicos como los que se generan con los óxidos ácidos.

3.1.4 Los prefijos y sufijos para óxidos, hidróxidos y ácidos

Teóricamente la sistematización de la nomenclatura tradicional se organiza en base a la adición de prefijos y sufijos dependiendo de la cantidad de estados de oxidación que presenta un elemento. Por lo general los prefijos y sufijos se aplican al nombre específico de la sustancia, siendo excepciones los iones y las sales, pero allí se plantea una modificación al anión. La cantidad de estados de oxidación mencionados a continuación incluye exclusivamente los positivos.

3.1.4.1 En caso de que un elemento posea un único estado de oxidación.

Ejemplos de esto abundan en la tabla, por ejemplo, todos los metales del grupo uno como el sodio, el litio o el potasio, así como los elementos del grupo 2 como el calcio, el berilio o el magnesio tienen un único estado de oxidación. Para este caso se tienen dos opciones igual de válidas: La primera es no agregar ningún sufijo y simplemente se plantea como x de elemento, siendo x el nombre de la familia de sustancia y elemento el nombre del elemento específico con el cual se está trabajando. La segunda opción es agregan el sufijo –ico al terminar el nombre del elemento eliminando su última vocal, que generalmente es una –o.

3.1.4.2 En caso de que un elemento tenga dos estados de oxidación

El menor estado de oxidación emplea el sufijo -oso y el mayor estado de oxidación el sufijo -ico: ocurre en el hierro o en el cobre. Cabe anotar que con el sufijo -ico siempre hay un cambio de acentuación, y la sílaba previa al -ico debe poseer una tilde en nuestro idioma español dado que la palabra siempre se transforma en una esdrújula. Con el sufijo oso también hay un cambio de acento y la palabra se transforma en una palabra grave den el idioma español y no posee tilde nunca.

3.1.4.3 En caso de que el elemento tenga tres estados de oxidación

Se emplea ya el primer prefijo llamado hipo- en conjunción con el sufijo -oso para el menor estado, y los dos siguientes operan como en el caso anterior.

3.1.4.4 En caso de que el elemento tenga cuatro estados de oxidación

En este caso se emplean los tres anteriores para las valencias menores, y para la valencia más alta se emplea el prefijo per- y el sufijo -ico.


3.1.5 Prefijos para aniones

Cuando hablamos de aniones hablamos de la parte negativa de una molécula, incluso las moléculas ternarias actúan como binomios con una parte positiva y otra negativa. En caso de que el anión sea un elemento no metálico sin compañía del oxígeno se emplea la terminación –uro como en los hidruros. De esta forma se crea el nombre genérico de las salves binarias como los sulfuros, cloruros o bromuros. En caso de que estemos hablando de un anión compuesto por un no metal y oxígenos, las terminaciones –oso se cambian por -ito y las terminaciones –ico por –ato.

3.1.6 Adiciones poco sistemáticas

Como se mencionó anteriormente, la nomenclatura tradicional sufrió de adiciones poco sistemáticas durante los siglos que duró en uso, por lo que algunos ácidos pueden presentar pre-prefijos como orto-, meta-, para-, di-, bi- entre otros. Dado que la nomenclatura tradicional se supone en desuso, asumiremos estos nombres simplemente como nombres triviales, y nos enfocaremos en la nomenclatura IUPAC para enfrentar a los ácidos y iones complicados que requerían estas expansiones a las reglas básicas.

3.2 Nomenclatura Stock

La nomenclatura Stock emplea la misma estructura binomial y los mismos nombres de familia, sin embargo se intenta representar el estado de oxidación del elemento que da el nombre específico por medio de un paréntesis y un numeral romano. Hay que destacar que Alfred Stock propuso originalmente que fueran numerales arábigos, pero lamentablemente su propuesta fue dejada de lado, aunque sería retomada en la nomenclatura IUPAC (Clugston & Flemming, 2000; Connelly et al., 2005; Housecroft & Sharpe, 2008).

3.2.1 Nombres sencillos

En los óxidos, hidróxidos, hidruros, y ácidos el nombre genérico representa entidades que poseen estados de oxidación fijos, por lo que únicamente al nombre específico se le da la descripción de su estado de oxidación en numerales romanos.


3.2.2 Nombres en los que dos componentes tienen estados de oxidación variables

Ya se que no es muy sistemático, pero la idea es que los dos componentes del nombre pueden variar en estados de oxidación, como ocurre en las sales, esta parte casi nunca se menciona escolarmente, pues la Stcok solo se trabaja para aquellos compuestos como los que mencionamos en el numeral anterior, en el que un elemento del nombre posee estado de oxidación constante. Así que ¿Qué sucede en las sales con la nomenclatura Stock? Las sales se resuelven por medio de una mezcla de reglas, el anión o parte negativa funciona por las reglas de la nomenclatura tradicional, mientras que el catión o parte positiva, que generalmente es un metal, funciona por medio de la regla Stock con paréntesis y numerales romanos. La nomenclatura Stock no está desarrollada para los casos de los ácidos y correspondientes sales complicadas, así que nuevamente se reitera que la nomenclatura más adaptable a situaciones extrañas es la IUPAC.


3.3 Nomenclatura sistemática IUPAC

La nomenclatura sistemática o IUPAC es el sistema que más se desearía emplear, en especial porque toda la nomenclatura orgánica se basa en este sistema. Sería más fácil aprender un solo juego de reglas, para la nomenclatura orgánica y para la nomenclatura inorgánica, sin embargo algunos nombres sistemáticos pueden llegar a ser bastante complejos (además la nomenclatura orgánica NO es binomial). Sin embargo, la nomenclatura IUPAC tiene sus propias combinaciones, ya que no hablamos que un púnico juego de reglas, sino de varios sistemas que habían de forma concomitante y que se relacionan en el libro rojo de la nomenclatura inorgánica. Dado que eso es extenso, he decidido crear su propia sección.

2 HISTORIA DE LA NOMENCLATURA QUÍMICA

Las nomenclatura química es un sistema de comunicación científico, que después de las expresiones de unidades de medición, conforma uno de los lenguajes más básicos y universales con los que los científicos forman comunidades. A diferencia de otros lenguajes mucho más especializados como los que se emplean en física de partículas o en genética de poblaciones, el lenguaje química trasciende a múltiples campos, permitiendo a los científicos poco especialistas tener puntos de anclaje a nuevos campos, o incluso dando la puerta de acceso a cambios de campo de investigación, como ocurrió a finales de la segunda guerra mundial, cuando muchos físicos horrorizados con el inconmensurable poder de las bombas atómicas que ellos mismos habían ayudado a construir decidieron dedicarse a otros aspectos de las ciencias de la naturaleza, específicamente la química orgánica. Aunque en ambos campos los lenguajes especializados son diferentes, había un aspecto común, tanto en física como en química se trabaja con sustancias que requieren nombres, nombres que no cambiaban al cambiar de campo científico. Por tal razón se puede decir que el lenguaje químico, como el lenguaje de las unidades de medición, son metalenguajes científicos, que integran a los diferentes campos de las ciencias de la naturaleza y les confiere una identidad como metacomunidad, la comunidad de los científicos a secas. 

La nomenclatura química crea un conjunto de símbolos económicos en tamaño pero potentes en significado, que permiten el entendimiento entre las comunidades de diferentes campos científicos, no solo de químicos, sino de todos los científicos. Debido a tan cosmopolita uso, es de crucial importancia, tanto en la actualidad, como en el pasado, disponer de un sistema de reconocimiento de la sustancia con la cual se está trabajando. El principal objetivo de la nomenclatura química es la de proveer una metodología para asignar descriptores a las sustancias químicas para que puedan ser identificadas sin ambigüedad, y así permitir la comunicación, la cual según Kuhn ( 1970; 2010) es el prerrequisito fundamental para la creación de una comunidad científica, aunque evidentemente aquí estaríamos hablando de crear la comunidad de comunidades científicas. Los descriptores que se emplean son de dos tipos, estructuras y nombres, y esa es la razón por la cual el capítulo de nomenclatura química está íntimamente al de formulación, ambos en sentido laxo de la palabra son modos de dar una descripción a una sustancia química (Connelly et al., 2005). 

Hay que destacar que la nomenclatura química comparte mucho de su más antigua pero menos conocida hermana mayor, la nomenclatura biológica, y no es solo que una se funda bajo los preceptos de la otra, sino también que ambas comparten problemas semejantes. En biología es común asignar un nombre científico a una especie, y luego darte cuenta de que lo que creías era una especie única en realidad es un conjunto de especies evolutivamente relacionadas, por lo que tu descriptor se transforma en un género y las demás se vuelven especies. En química pasa algo semejante, das un nombre a una sustancia, pero con el mejoramiento tecnológico y los requisitos de la industria te das cuenta de que lo que has estado fabricando no es una, sino un conjunto de sustancias estrechamente relacionadas estructural y reactivamente. Aunque dependiendo del campo de estudio no es estrictamente necesario tener un nombre único para cada sustancia única, ese es el objetivo ideal. En caso de no lograrlo, el objetivo secundario es el de minimizar la cantidad de nombres aceptables (Connelly et al., 2005).


2.1 Nombrando sustancias en la antigüedad

El origen de la nomenclatura química inorgánica se remonta desde la Edad Antigua con los aportes realizados por diferentes civilizaciones que se constituían en Egipto, Mesopotamia, China, India y Grecia, pasando por la Edad Medieval con el inicio de la alquimia y la Edad Moderna donde se presentan los mayores aportes generados por diferentes científicos dentro de los que se destacan Lavoisier, Dalton y Berzelius, para la consolidación de la nomenclatura química inorgánica y finalmente la Edad Contemporánea donde surge la IUPAC que se encarga de unificar por medio de reglas los nombres de las sustancias inorgánicas (Suárez, Rojas, & Miranda, 2009).

En Egipto se conoció el oro y la plata debido a su alto grado de utilidad para embellecer los templos, palacios y tumbas de las clases más altas que constituían el poder, así como el uso de adornos y bordados que se hacían a los sacerdotes para la decoración de su cuerpo y sus vestidos como los creados al sacerdote levita Aarón hermano de Moisés perteneciente al clero que era la clase social más alta de la época. Estos metales se obtenían por el proceso de levigación que consistía en pulverizar la roca para un posterior lavado en artesas de madera, finalmente se trataba con esponjas las cuales se quedaban adheridas a este recipiente formándose una lámina del metal oro que causaba gran admiración debido al color atractivo que poseía (Suárez et al., 2009).

Para el año 2.500 a.C. el oro fue llamado “Nub” nombre que adquirió porque era explotado de la Nubia (Díaz, 1981), región que queda al sur de Egipto conquistada por el tercer faraón de la dinastía I, según su origen se conocían dos clases de oro, el que provenía de las montañas llamado “Nub-en-set” y el que provenía de los ríos llamado “Nub-en-um”, por el contrario la plata era llamada “electrón” además existía otro metal muy conocido el cual se observaba cuando se utilizaba el oro que contenía proporciones altas de plata, por lo tanto se obtenía un metal de color blanco llamado “asem” o “electrum” nombre otorgado por otras civilizaciones de Grecia, en donde además los metales como el cobre, estaño, hierro, plata y oro eran usados en la fabricación de vasos, trípodes y vasijas empleados para satisfacer las necesidades de las clases sociales más bajas y los lujos de la nobleza y el clero (Suárez et al., 2009).

De la misma manera en el año 2.500 a.C. las dinastías egipcias III y VI conocieron otros metales como el cobre al cual se le denomino “chomit” nombre que correspondería a las aleaciones de este metal, sin embargo en las épocas primitivas lo llamaron “kalkos” y “aes chyprium” nombre que se le otorgó por encontrarse en la isla Chipre ó “operet” debido al color que presentaba, pues esta palabra deriva de la palabra “aphar”, que significa tierra rosada. Por otro lado Huertas, (1981) sostiene que la civilización egipcia le otorgó nombres como “chomit” y después se le conoció como “men”, “tehsel”, “opheret”. “Opheret” y “Baen-pet” significa hierro del cielo debido a su origen meteórico obtenido a partir de la fundición de minerales como limonita y magnetita (Suárez et al., 2009).

En China se generaron aportes con respecto a la formación de la materia que la concebían como el universo, de allí surge el YIN y el YANG, el primero correspondía al principio femenino, lo negativo, lo pesado y lo seco regido bajo la luna, y el segundo era lo masculino, lo positivo, lo activo, lo ardiente regido bajo el poder del sol, teoría que generó la idea que decía que la materia estaba constituida por cinco elementos tales como: el metal, la madera, la tierra, el agua y el fuego (Brock, 1992). Más adelante en la civilización griega se dan dos escuelas de pensamiento, la materialista y la espiritualista, la primera y más importante surge en Jonia que representa el primer intento conocido de brindar una descripción del universo sin recurrir a fuerzas superiores en donde surge una lista de símbolos para sustancias químicas y palabras técnicas (López Cancio, 1984), de ahí la existencia del Código Marcianus “imagen siguiente” (Suárez et al., 2009).

De otro modo según Huertas, (1981), la cultura babilónica perteneciente a Mesopotamia, pudo observar el cosmos relacionándolo con la humanidad a partir del horóscopo, de esto se decía que todo en la tierra estaba regido por los cinco planetas figura siguiente, el sol y la luna incluido los metales que eran importantes en el común de la humanidad y se relacionaban además con los días de la semana, sin embargo al adicionar a las diferentes formas un rasgo en particular se podían presentar diferentes sustancias, así por ejemplo al adicionarle tres líneas cortas a la parte cónica del símbolo oro se representaba la limadura de oro, diferente de cómo se presentaba la limadura de plata debido a que las líneas largas cubrían la luna que representaba la plata. Un rectángulo en la parte inferior de los símbolos de estos metales representaba las hojas de los mismos (Suárez et al., 2009).

Para los alquimistas, su objetivo principal era el de trasmutar los cuatro metales viles o bajos: cobre, hierro, plomo y estaño en metales nobles: oro y plata, para esto se utilizaba el plomo fundido y ennegrecido, sin embargo este fue sustituido por el mercurio fluido a temperatura ambiente. Para poder trasmutar estos elementos era necesaria la presencia de la “piedra filosofal” o “elixir de la vida” el cual debía eliminar las enfermedades, devolver la juventud, prolongar la vida e incluso asegurar la inmortalidad; y en presencia necesariamente de un disolvente simbolizado en varias ocasiones con un dragón (Huertas, 1981).

La particularidad de estos alquimistas al escribir en un lenguaje claro era de gran relevancia en la época, sin embargo la tendencia a ocultar la ciencia en la que ellos participaban conllevo a que sus publicaciones y prácticas tuvieran un lenguaje ocultista en cuanto al nombramiento de las sustancias, debido a esto algunas sustancias y elementos cambiaron sus nombres, generando que la sociedad ignorará este lenguaje, desconocimiento que forjaría un atraso cultural. A partir de esto se dice que los alquimistas mostraban una posición positivista al creer que eran los poseedores de la verdad absoluta, por lo tanto decidieron utilizar una nueva simbología, en donde se propagaba la confusión y el misterio haciendo que la alquimia no tuviera un progreso rápido y avanzado, pero constituyendo el primer paso para la consolidación de un lenguaje propio de la química (Suárez et al., 2009).

2.2 Iatroquímica

En el siglo XV el continente Europeo se caracterizaba por el alto índice de mortalidad a causa de las malas condiciones sanitarias de la época, debido a que la medicina estaba poco desarrollada y la higiene era casi nula se desarrollaron enfermedades como la peste, la lepra, el tifus y la sífilis traída por los mercenarios desde Italia. Para esta época Paracelsus (1493 – 1541) fundador de la iatroquímica o rama de la química y la medicina preparó el “ALCAHEST”, un remedio casero que según él era capaz de curar todas las enfermedades entre ellas la sífilis que según Paracelsus debía ser curada por los “alcahest” específicos. Por otro lado Paracelsus logra hacer la diferenciación entre alumbres y “vitriolos” que se denominaban igual en aquella época, además fue el primero en introducir el término “alcohol”, correspondiente a la sustancia denominada “espíritu del vino” (Suárez et al., 2009).

Un seguidor de Paracelsus e iatroquímico fue Van Helmont (1577 – 1614) o también llamado “filosofo del fuego”, quien Introdujo la palabra “gas” del latín Chaos, (carente de forma). Al calentar 28 kg de carbón vegetal y luego al quedar expuesto al aire el carbón quedó reducido a 2.2 kg de cenizas, el resto había desaparecido en forma de gas “gas carbónico”, al que llamó “espíritu silvestre”. De otro lado uno de los aportes que realizó Glauber (1604 – 1670), a la nomenclatura química fue la distinción que hizo entre los ácidos sulfuroso “spiritus volatilis vitrioli” y ácido sulfúrico “óleum acidum vitrioli”. Preparó el ácido nítrico “spiritis nitri” y el “ácido muriático” ácido clorhídrico ó “spiritus salis” (Suárez et al., 2009).

2.3 El flogisto

La capacidad que tenía un cuerpo para arder se debía, según esta teoría a la existencia en su composición de una determinada y especifica sustancia llamada flogisto. De acuerdo con la doctrina del químico y médico Alemán Stahl (1660 – 1743), si una sustancia ardía o algún metal se calcinaba se producía flogisto. Stahl explicó la combustión del azufre y su recuperación después de tratarlo con “sal de tártaro” carbonato potásico. Por su parte Joseph Black (1728 – 1799) reconoció la existencia de un gas en algunos minerales hoy conocidos como carbonatos que se desprendía de ellos por calentamiento y cuyas propiedades eran distintas a las del aire común a la que le dio el nombre de “aire fijado” por ser fijado por la cal, actualmente este aire es conocido como dióxido de carbono. Black considera el cloro como uno de los cuerpos más notables de la química, en 1774 Mr. Scheele (1742 ¬ 1786) le da el nombre de “ácido muriático deflogisticado”, cuando Black le añadió oxígeno al “ácido muriático” y al observar cambios de aspecto y propiedades lo llama “ácido oximuriático” (Huertas, 1981).

Más adelante, Geoffroy (1672 – 1731) retoma el simbolismo alquimista “figura anterior” representando los ácidos y las bases, aunque con algunas adiciones (Mosquera, 2000). Los símbolos de Geoffroy sirvieron de inspiración para muchos trabajos como el realizado por Bergman (1734 – 1784), que retoma algunos de sus símbolos y reconoce en 1775 el carácter acido de una disolución de gas carbónico, además tiene del aire una concepción exacta al considerarlo una mezcla de tres fluidos, el “ácido aéreo” (gas carbónico), el “ácido viciado” (nitrógeno) y el “aire puro” (oxígeno). Además a Bergman se le debe el inicio del simbolismo químico especialmente para representar ácidos y álcalis. Tomando viejos símbolos alquímicos los resignifica para nombrar grupos de sustancias comunes como los álcalis o los ácidos (Huertas, 1981). Los trabajos de Bergman fueron de gran importancia para la creación de una nueva terminología química basada en la visión moderna de la composición, en otras palabras, los típicos grupos de sustancias que enseñamos en la actualidad: óxidos, bases, ácidos y sales. En 1774 Priestley comunicó a Lavoisier que había recogido una nueva clase de aire al calentar la “cal roja de mercurio” este aire favorecía más la combustión que el aire común. Comunicó sus resultados hasta un año después, y dio al nuevo aire el nombre de “aire deflogisticado” u oxígeno (Suárez et al., 2009).

2.4 La caída del flogisto

En el siglo XVIII Lavoisier (1743 – 1794) ataca los constructos del flogisto sin contemplaciones, tras encontrar varias dificultades en esta teoría como la explicación poco satisfactoria que tenían los seguidores del flogisto al afirmar que cuando un metal se calcinaba perdía su flogisto y la cal que quedaba pesaba más que el metal original, algo muy contradictorio que un cuerpo gane peso por la pérdida de parte de su composición. De manera que una vez excluida la idea del flogisto, Lavoisier produce una verdadera revolución química. Guyton, Berthollet, Fourcroy, G Monge, A. Seguin y N. L. Vauquelin se unieron a las ideas de Lavoisier y decidieron vincularse a la revista Annals de Chimien fundada por Lavoisier y su joven discípulo Pierre Adet (1763 – 1834), en el año 1789.

2.5 La nomenclatura tradicional

La gran preocupación que tenía Lavoisier y sus seguidores era que hasta ahora el lenguaje de los químicos había llegado a ser bastante confuso y pintoresco, debido a la ausencia de unas normas mínimas adoptadas, así nombres como “aceite de vitriolo”, “crema de tártaro”, “manteca de antimonio”, “azafrán de marte”, “sal amarga”, “azúcar de Saturno”, recordaban más el lenguaje del arte culinario que el de una ciencia. En 1782 Guyton de Morveau (1737 – 1816) "imagen de la izquierda" postuló un sistema de nomenclatura en el libro Methode de Nomenclature Chimie en colaboración con Lavoisier y los demás autores, éste fue publicado en 1787, gran parte del libro consiste en un diccionario identificando el nuevo nombre de las sustancias y el antiguo, así gracias a las traducciones, se convirtió rápidamente en el lenguaje internacional de la química (Brock, 1992). De manera que con la publicación del Methode de Nomenclature Chimie se establece un lenguaje propio de la química al desaparecer nombres como el “aceite de vitriolo” que pasa a ser el ácido sulfúrico, “el espíritu de venus” a ácido acético; el “azafrán de marte” a óxido de zinc; el “vitriolo de Chipre” a sulfato cúprico entre otros (Smeaton, 1989).

El sistema de Morveau fue expandido por las contribuciones conjuntas de Lavoisier, Berthollet, y de Fourcroy, aunque claro está solo nos acordamos de Lavoisier debido a que fue el quien afrontó el debate científico contra los defensores del flogisto, quienes acusaban a este nuevo sistema de nomenclatura como teóricamente sesgado. Y pues era cierto hasta cierto punto, los nombres del nuevo sistema asumían a priori la existencia de los elementos químicos al interior de las sustancias químicas. Posteriormente Berzelius asumió las banderas de Lavoisier adaptando la nomenclatura química francesa a las lenguas germánicas, expandiendo el sistema y adicionando nuevos términos.

La nomenclatura tradicional requería el concepto de elemento, mas no el de átomo, por lo que la construcción del sistema fue basado por analogía al sistema de descriptores de la historia natural, el sistema binomial  de Linneo para los seres vivos (Shimao, 1972). Cada especie química al igual que cada especie biológica recibe un nombre binomial, compuesto por dos partes, la primera un nombre genérico “homólogo al Género biológico” y el segundo un nombre específico “homólogo a la especie biológica”. El igual que con el sistema biológico, el primero de los nombres es el genérico y representa el TIPO de sustancia a la cual nuestra especie pertenece, es decir, si estamos tratando con un óxido, un ácido, una sal, un hibrido o un ión. Esta idea también se extiende a los gases y alótropos que ya hemos trabajado con anterioridad. Por lo general el elemento más electronegatividad determina el nombre genérico. El nombre específico representa la sustancia concreta con la que se está trabajando. Al igual que el nombre biológico, el nombre químico no debe ser ambiguo, es decir un solo nombre debe representar a una sola especie química sin ambigüedades. A diferencia de la nomenclatura biológica, el sistema químico es sistemático, es posible en base a una serie de reglas simples, deducir los nombres de muchas sustancias reales o teóricas.

Cuando la teoría atómica comenzó a popularizarse fue un gran momento de eureka, ya que permitió vincular una serie de temáticas químicas que parecían no relacionadas. La teoría atómica concordaba de forma bastante buena con muchísimas sustancias, lo cual dio origen a las fórmulas químicas, primero empíricas y luego, cuando los métodos estequiométricos mejoraron, otros tipos de estructuras más cercanas. Básicamente se abrió el camino a la capacidad de contar los átomos en una sustancia y en una transformación química (Connelly et al., 2005). Poco a poco las técnicas de aproximación teóricas permitieron predecir fórmulas concretas de varias sustancias binarias como los óxidos y las sales simples, aunque los nombres para las sales ternarias seguían siendo un problema. Cuando Arrhenius señaló que la nomenclatura debía preocuparse por las sustancias cargadas y no solo por las neutras se decidió que estos nombres se derivarían de las sales correspondientes. Los cationes se asignaron al nombre del metal y los aniones al del grupo no metálico con respectivos prefijos y sufijos.

A medida que el número de sustancias inorgánicas crecía el sistema básico de la nomenclatura tradicional cambió poco hasta el final del siglo XIX. La sistematización de cierta manera nació y murió con la propuesta de Lavoisier y colaboradores, por lo que después de que se entablaron las reglas básicas y se ajustaron algunos detalles, el sistema creció más por impulso tradicional que por una verdadera sistematización. Esto es muy cierto especialmente para los nombres de los ácidos no predecibles teóricamente, que adquirieron un sistema de nomenclatura bastante pomposo y muy poco sistemático, lo cual dificulta su formulación, memorización e incluso notoriedad de su mera existencia (Connelly et al., 2005).

2.6 La nomenclatura Stock

En 1892 en una conferencia en Genova se desarrollaron las bases para un sistema internacionalmente aceptado para la nomenclatura química inorgánica, sin embargo para la época lo único que medio se acercaba era el sistema tradicional. De esta forma el sistema tradicional fue siendo ampliado con soluciones ad hoc, es decir soluciones no sistemáticas para usos ultra-específicos que complicaban la memorización o la predicción. La discusión se dilató hasta el inicio de la primera guerra mundial, por lo que el problema tuvo que dilatarse (Connelly et al., 2005). De pronto se llegó a una instancia semejante a la que había dado inicio al intento de sistematización de Lavoisier, la nomenclatura química se había vuelto a desorganizar tremendamente, y la nomenclatura tradicional había adquirido nuevamente tintes no sistemáticos, con la adición de nombres triviales. Por esta razón en la actualidad a la nomenclatura tradicional también se la denomina semi-sistemática, y su nombres aunque de uso muy extendido se los considera como triviales en muchas ocasiones.

En este contexto ingresa Alfred Stock (1876-1946) quien introdujo un nuevo sistema para nombrar a las sustancias, y debido a que gran influencia, facilidad de uso y amplia aceptación es denominado simplemente como el sistema Stock en 1919. El sistema Stock fue diseñado para compuestos binarios con el objeto de ser un sistema simple, claro y entendible de forma inmediata, así como aplicable generalmente de forma inmediata. Para 1921 la Asociación internacional de química pura y aplicada reasumió el objetivo de buscar un nuevo sistema más racional para nombrar sustancias a nivel orgánico, inorgánico y biológico (Kauffman & Jørgensen, 1985). En 1924 una comisión de químicos alemanes recomendaron que el sistema Stock debía aceptarse sobre el viejo sistema tradicional con algunas modificaciones.

En lo personal las recomendaciones alemanas fueron igual de rimbombantes, pues el sistema original Stock era aún más sencillo. En el sistema original Stock el nombre del metal en la sustancia binaria estaba acompañado por su número de estado de oxidación en arábigo” como en el caso del óxido de hierro(2). Sin embargo después de 1934 se obligó a Stock a aceptar que se emplearan numerales romanos en lugar de arábigos para tal propósito, aunque manteniendo el paréntesis, de forma tal que en el anterior ejemplo, el nombre se transformó a óxido de hierro (II). En la actualidad el sistema Stock sigue siendo muy empleado, especialmente para aquellas especies químicas fuertemente iónicas y de preferencia de estructura binaria. 

2.7 La nomenclatura sistemática o IUPAC

A pesar de que la nomenclatura Stock ya llevaba varias décadas circulando, no fue del todo exitosa. El primer reporte de la comisión de la IUPAC para la nomenclatura inorgánica se dio en 1940, casi 20 años después de que fuera formulada, donde al fin se le daba luz verde para ser académicamente válida y por lo tanto objeto de enseñanza en los centros de entrenamiento universitario y en las aulas escolares básicas. Durante los años siguientes la comisión para la nomenclatura inorgánica se fue organizando más y más publicando lo que ahora se conoce como el libro rojo de la nomenclatura inorgánica en los años sucesivos de 1959, 1971, 1977, 1990 y 2005 (Connelly et al., 2005). 

Con el paso de los años la nomenclatura Stock también fue quedando en desuso en favor de un sistema nuevo, que se conoce como la nomenclatura sistemática. Aunque al igual que con otras nomenclaturas, se ha convertido en algo problemático. El problema emerge por el hecho de que los textos de química no nos introducen la nomenclatura sistemática completa, sino más bien una mezcla más bien rara del sistema Stock, el sistema tradicional y el sistema IUPAC para usos concretos (Chang & Overby, 2011; Chang, 2010). De esta manera los compuestos binarios se nombran por cualquiera de las tres, pero los ácidos y sales siguen enseñándose casi que exclusivamente bajo el sistema tradicional, que ya para inicios del siglo XX estaba haciendo agua. En la próxima sección discutiremos las reglas generales de los tres sistemas de nomenclatura, enfocándonos en el sistema IUPAC, el cual teóricamente es el que deberíamos estar enseñando.

Los que nos ven